Nadie olvida…

Recuerdos de una pandemia.

  Franco Caputi

Es imposible de olvidar… el pánico al brote de coronavirus tuvo un efecto decididamente deshumanizador, reavivando viejas cepas de racismo y xenofobia que enmarcan al pueblo chino como «incivilizado y bárbaro». Los chinos fueron acusados de traer enfermedades contagiosas por su voraz apetito por los perros, gatos y otros animales, fuera de las normas de las dietas occidentales.

_____________

Hubo un momento, al inicio de la pandemia, en que el miedo se volvió más contagioso que el propio virus. Bastaba encender la televisión o abrir el teléfono para sentir cómo el mundo entero se encogía, buscando culpables con la misma urgencia con la que buscaba mascarillas. Y en ese clima de ansiedad global, viejos prejuicios encontraron una nueva oportunidad para respirar.

De pronto, millones de personas volvieron a mirar a China con los mismos ojos que siglos de estereotipos habían moldeado: ojos que veían barbarie donde había costumbre, amenaza donde había diferencia.

En redes sociales circulaban videos de personas comiendo animales exóticos, muchos de ellos antiguos, sacados de contexto o grabados en otros países. Pero eso no importaba. El miedo no pide precisión, solo un blanco fácil.

“Esto no es humano”, repetían algunos. Como si la humanidad fuera un club exclusivo al que solo se accede comiendo lo que come Occidente. Como si la dieta pudiera definir la dignidad de un pueblo entero.

Mientras tanto, la ciencia avanzaba más despacio que los rumores. La teoría de que el brote había comenzado en el Mercado de Mariscos de Huanan se instaló en la conversación pública como una verdad automática, aunque los primeros estudios ya mostraban que varios de los primeros infectados jamás habían pisado ese lugar. Aun hoy, el origen exacto del virus sigue siendo un rompecabezas incompleto.

La historia reciente ofrece ejemplos que deberían habernos vacunado contra las conclusiones apresuradas: el ébola saltó a los humanos por contacto con excrementos de murciélagos, no por su consumo; el MERS se transmitió por la convivencia con camellos vivos, no por su carne. Pero en medio del pánico, la complejidad científica suele perder frente a la simplicidad del prejuicio.

A esa confusión se sumó la opacidad del gobierno chino. Las autoridades tardaron en reconocer la magnitud del brote, censuraron a médicos que intentaron alertar a la población y demoraron la notificación a organismos internacionales. Cuando el número de casos se volvió imposible de ocultar, la alerta sanitaria llegó a la OMS. Para entonces, el virus ya había cruzado fronteras y el mundo entero se preparaba para un encierro sin precedentes.

En paralelo, se reavivó un debate que dice más sobre Occidente que sobre China: la idea de que ciertos animales son “comida” y otros no. En Estados Unidos, millones de kilos de carne vacuna se consumen cada año, mientras que en India la vaca es sagrada.

En Europa, la carne de caballo tiene tradición. En muchos estados norteamericanos, la caza de animales silvestres es parte de la vida cotidiana. Pero cuando se trata de Asia, la reacción suele ser distinta: lo que comen “ellos” se vuelve extraño, inquietante, casi moralmente sospechoso.

La frontera entre lo aceptable y lo prohibido no es biológica, sino cultural. Y cuando esa frontera se usa para juzgar a otros, deja de ser una costumbre y se convierte en un arma.

China tiene problemas reales en materia de seguridad alimentaria: mercados sin licencia, trabajadores sin formación en higiene, controles insuficientes. Pero señalar solo hacia un lado es una forma de no mirar el propio reflejo.

En Estados Unidos, el uso masivo de antibióticos en la ganadería contribuye a la resistencia bacteriana; los retiros de alimentos contaminados son frecuentes; y en años recientes se flexibilizaron normas que limitaban la velocidad de las líneas de matanza y la presencia de inspectores.

La crítica es necesaria, pero la doble vara es peligrosa.

Mientras el virus avanzaba, también lo hacía algo más silencioso: el sentimiento antichino. En varios países aparecieron carteles prohibiendo la entrada a ciudadanos chinos.

Familias asiáticas fueron insultadas en supermercados, atacadas en la calle, aisladas en escuelas. En redes sociales, algunos extremistas fantaseaban con “borrar Wuhan del mapa”.

La pandemia justificó medidas extraordinarias, pero no justificó la deshumanización. La empatía hacia las víctimas en China fue escasa, casi inexistente. Como si sus vidas valieran menos. Como si culpar a otros ofreciera una falsa sensación de control.

Al final, la pandemia dejó muchas heridas, pero también una lección incómoda: el miedo puede unir a las personas, pero también puede dividirlas con una rapidez devastadora.

Y cuando el miedo se mezcla con prejuicio, lo que se contagia no es un virus, sino la idea de que algunos seres humanos valen menos que otros.

__________

Un brote viral como este sin duda requiere una acción, tanto inmediata como a largo plazo. Sin embargo, la retórica temerosa y cruel que sugiere que el pueblo chino merece este brote como una especie de venganza por las costumbres «bárbaras» es, en el fondo, un prejuicio flagrante.

__________

Los memes racistas y el lenguaje antipático no son solo píxeles en una pantalla: el sentimiento anti-chino es un efecto muy real en varias zonas del mundo. Empresas occidentales colocaron carteles que todavía prohíben la entrada a los clientes chinos; las familias chinas en el extranjero son blanco de ataques y se les pide que se pongan en cuarentena inmediata y casi permanente.

Y algunos extremistas peligrosos todavía bromean sobre bombardear toda la ciudad de Wuhan.

El brote de coronavirus, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró como emergencia sanitaria mundial, fue alarmante y perfectamente justificado. Pero es revelador que la simpatía –o cualquier consideración, para el caso– por la gran mayoría de las víctimas del brote en China es escasa. Como si devaluar las vidas de otros humanos protegiera la suya propia.

____

F A C E B O O K

© BEBERBIEN

beberbien@email.com