El alcohol, la “Buena Criatura de Dios”

Hubo una época en que hasta los niños bebían tazas de ron.

Kevin Franco

BEBERBIEN. Beber… beber… ¡beber! A los estadounidenses siempre les ha gustado la bebida, importada por los colonos europeos que movían más la boca para beber que para hablar. Hoy, los 10 países que consumen más alcohol son del Viejo Mundo.

En 1700, los colonos bebían jugo de durazno fermentado, sidra de manzana dura y ron, que importaban de las Indias Occidentales. Beber era una parte de la cultura, y la gente pasaba tazones de licor en las barbacoas y en las elecciones. Los candidatos regalaban bebidas. Un candidato tacaño no tenía posibilidad alguna de ganar.

Los puritanos llamaban al alcohol la “Buena Criatura de Dios”, una sustancia santa que había que tomar con orgullo pero con cautela. Una imagen muy diferente de lo que pensamos cuando describimos a alguien como “puritano”, ¿no es así?

Aquellos tiempos eran un verdadero buffet de alcohol para cualquier ocasión. Todos bebían, incluyendo niños pequeños, que terminaban la porción azucarada en el fondo de la taza de ron de los padres.

Océano de alcohol

Cada individuo en las entonces colonias americanas del imperio británico, bebía un promedio “40 litros de alcohol” por año, de etanol puro de 80 grados. Un 45% más alto que el consumo actual, pero que nadie se asombre, porque el porcentaje subió hasta las nubes en el siglo XIX.

En ese momento, gran parte de esa bebida era consumida por la clase alta, incluyendo a los grandes estadistas políticos de la época. George Clinton, gobernador de Nueva York de 1777 a 1795, una vez honró al embajador francés con una cena para 120 invitados.

Juntos bebieron 180 botellas de vino europeo, 60 botellas de cerveza inglesa y 30 tazas grandes de ponche de ron. ¡Tremendo océano de alcohol!

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La mayoría de los padres fundadores de EEUU disfrutó golpeando la botella y haciéndolo con fuerza.

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George Washington, el primer presidente, mantenía una bodega de cientos de botellas de vino en su granja. Los degustaba todas las noches (menos los domingos, que descansaba, después de asistir a misa). John Adams comenzaba cada día con una o dos jarras de sidra.

La afición alcohólica de Thomas Jefferson fue más allá de su colección de vinos para incluir el whisky de centeno, hecho de sus propios cultivos. James Madison consumía media botella de whisky al día. Los soldados del ejército de EEUU recibían varios barriles de licor como parte de su ración diaria. George Washington pregonaba: “Los beneficios que surgen del uso de licor fuerte se han experimentado en todos los ejércitos, y no se pueden discutir”.

Más barato que la leche

A principios del siglo XIX, explotó el consumo de alcohol. Primero, los británicos detuvieron su participación en el comercio estadounidense de melaza y ron. Pero, al mismo tiempo, el llamado “cinturón del maíz” en el Medio Oeste creó nuevos y grandes suministros de maíz, más rentable para convertirlo en whisky. En 1820, el whisky se vendía a 25 centavos el litro, menos que la cerveza, el vino, el café, el té y hasta la leche.

El whisky era muy barato y el consumo estadounidense se disparó: el número de destilerías saltó de 2.000 a 14.000, entre 1800 y 1830. En las fábricas, los trabajadores no llegaban los lunes, quedándose en casa para luchar con los ecos de una súper borrachera de fin de semana.

Los ingleses, que no se rezagaban a la hora de beber alcohol, se dieron cuenta que sus primos americanos bebían más que ellos, hasta morir en algunas ocasiones. En “A Diary in America”, del viajero inglés Frederick Marryat, publicado en 1837, el escritor comenta que los estadounidenses bebían para cualquier ocasión imaginable:

“Estoy seguro de que los americanos no pueden arreglar nada sin un trago. Si se encuentran, beben; si se separan, beben; si se conocen, beben; si cierran un trato, beben; ellos se pelean por una bebida, y se arreglan con una bebida. Beben porque hace calor; beben porque hace frío. Si tienen éxito en las elecciones, beben y se regocijan; si no, beben y se lamentan; comienzan a beber temprano en la mañana; se van tarde a sus casas en la noche, luego de beber hasta la última botella; comienzan a beber temprano en la vida, y continúan así… hasta que pronto caen en la tumba”.

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El whisky que sigue fiel al «matrimonio»

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