El gusto de beber

Los alcohólicos americanos…

🟥 Harold N. Mans

A los estadounidenses siempre les ha gustado beber. Mucho antes de los bares modernos, de las marcas globales y de los cócteles servidos con sombrillita, el alcohol ya ocupaba un lugar central en la vida cotidiana de las Colonias, a mediados de los años 1700.

Esa costumbre llegó con los europeos, que no eran precisamente monjes de agua mineral: todavía hoy, los países con mayor consumo de alcohol están en Europa o Europa del Este.

Pero en la América colonial la bebida tenía otro rostro. Antes de la Revolución Americana, no existía el acceso masivo a la cerveza industrial ni a los licores fabricados en grandes cantidades.

Lo que circulaba en mesas, mercados, fiestas y reuniones políticas era otra cosa: sidra dura de manzana, jugo de durazno fermentado y ron, importado de las Indias Occidentales o destilado a partir de melaza.

Beber no era una rareza ni un vicio escondido. Era parte de la cultura. En barbacoas, días de mercado y elecciones, las jarras y los tazones de licor pasaban de mano en mano como si fueran documentos oficiales de la vida social.

Los candidatos políticos, siempre atentos al voto y al vaso, ofrecían bebidas gratis.

Un candidato tacaño podía despedirse de sus aspiraciones. En aquel tiempo, negarle alcohol al elector era casi tan grave como insultarle a la madre.

Bebía casi todo el mundo. Incluso en Nueva Inglaterra, tierra que solemos imaginar rígida, severa y con cara de sermón dominical, el licor corría con generosidad. Los puritanos llamaban al alcohol la “Buena Criatura de Dios”: una sustancia que debía tomarse con gratitud, orgullo y, al menos en teoría, cierta moderación.

La imagen contradice mucho de lo que hoy entendemos por “puritano”. La América colonial no era ese escenario seco, moralista y silencioso que presenta la ficción. Era un gran buffet de alcohol barato, consumo frecuente y tolerancia social.

Hacia 1770, los estadounidenses bebían con cada comida. Muchos empezaban el día con un “abridor de ojos” y lo cerraban con una copa antes de dormir. Bebían adultos, ancianos y también niños, que solían probar la parte más dulce del fondo de las tazas de ron preparado por sus padres.

Las cifras ayudan a entender la magnitud del asunto. En tiempos de la Revolución Americana, cada persona consumía alrededor de tres galones y medio de alcohol puro al año. No se trata de tres galones y medio de cerveza o vino, sino de etanol puro.

Traducido a una medida más familiar, equivale aproximadamente a 8,75 galones de licor estándar de 80 grados por persona al año. Era un consumo mucho más alto que el actual. Y lo más notable es que el número creció durante el siglo XIX.

La élite política tampoco miraba la botella desde lejos. Muchos de los grandes personajes de la época bebían con entusiasmo. Daniel Okrent, en su libro Last Call: The Rise and Fall of Prohibition, recuerda una cena ofrecida por George Clinton, gobernador de Nueva York entre 1777 y 1795, en honor al embajador francés.

Asistieron 120 invitados. Entre todos consumieron 135 botellas de madeira, 36 botellas de oporto, 60 botellas de cerveza inglesa y 30 grandes tazones de ponche de ron. No fue una cena: fue una conferencia internacional con daños hepáticos.

Los padres fundadores tampoco eran ajenos a la costumbre. George Washington tenía una destilería en su granja. John Adams empezaba el día con una jarra de sidra.

Thomas Jefferson, famoso por su colección de vinos, también mostraba interés por el whisky de centeno elaborado con sus propios cultivos. James Madison, según algunas referencias de la época, consumía una botella de whisky al día.

Incluso el ejército estadounidense incluía whisky en las raciones de sus soldados. Washington defendía el uso de licores fuertes en las tropas, convencido de que sus beneficios habían sido comprobados en los ejércitos.

Después llegó el gran salto. A comienzos del siglo XIX, varios factores dispararon el consumo de alcohol en Estados Unidos. Los británicos redujeron su participación en el comercio estadounidense de melaza y ron, en parte por sus vínculos con la esclavitud.

Al mismo tiempo, el gobierno federal empezó a gravar el ron en la década de 1790. Pero mientras el ron perdía terreno, el maíz ganaba imperio.

La expansión hacia el llamado “cinturón del maíz” en el Medio Oeste produjo enormes cantidades de grano. Transportarlo hacia los mercados del Este era caro y poco práctico. Convertirlo en whisky, en cambio, era más rentable. El maíz se transformaba así en “activos líquidos”, una expresión casi perfecta: contabilidad agrícola con olor a taberna.

Para la década de 1820, el whisky podía venderse a 25 centavos el galón. Era más barato que la cerveza, el vino, el café, el té o la leche. En otras palabras, en muchos lugares resultaba más económico emborracharse que desayunar decentemente. No hace falta ser economista para imaginar las consecuencias.

La disponibilidad del whisky provocó una explosión del consumo. Entre 1790 y 1810, el número de destilerías en el país se multiplicó por cinco, hasta llegar a unas 14.000. En las ciudades se asumía que muchos trabajadores no aparecerían los lunes, todavía lidiando con los efectos de la borrachera del fin de semana.

Hacia 1830, en algunos pueblos, la campana sonaba a las 11 de la mañana y otra vez a las 4 de la tarde para marcar una pausa alcohólica institucionalizada.

La fama cruzó el Atlántico. Los ingleses, que tampoco eran precisamente abstemios, comenzaron a observar con asombro el entusiasmo alcohólico de sus primos americanos.

Frederick Marryat, viajero británico, escribió en A Diary in America, publicado en 1837, que los estadounidenses parecían beber por cualquier motivo imaginable. Bebían al encontrarse y al despedirse. Bebían al cerrar un trato y al discutirlo. Bebían si hacía frío y si hacía calor.

Bebían si ganaban una elección y también si la perdían. Empezaban temprano en la mañana, seguían hasta tarde en la noche, comenzaban jóvenes y continuaban hasta caer en la tumba.

La frase puede sonar exagerada, pero retrata una época. Durante buena parte de la historia temprana de Estados Unidos, el alcohol no fue un elemento marginal. Fue alimento, medicina, moneda social, herramienta política, combustible militar y compañía diaria.

La nación que más tarde produciría el movimiento prohibicionista y la Ley Seca nació, en buena medida, con una copa en la mano.

Antes de que Estados Unidos declarara la guerra al alcohol, primero lo convirtió en costumbre nacional. Luego, como suele pasar con las costumbres demasiado queridas, tuvo que inventar leyes para intentar controlarlas. La historia, al fin y al cabo, no siempre se escribe con tinta. A veces se escribe con whisky barato.

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