Un buen italiano hasta la última gota

Los italianos son magos en el buen beber y en las bebidas.

Guillermo Pérez Rossel

BEBERBIEN. ¿Cómo podría cuantificarse la locura que se ha desatado por el vino Prosecco? Esta información da una idea: en Cartizze, Italia, hay una colina a unos 1.000 metros de altura con 107 hectáreas de viña que producen la uva de la cual resulta el mejor Prosecco.

Sabido es que italianos no se caracterizan por ponerse de acuerdo… sin embargo coinciden en que ese viñedo es el mejor de todos. Le pertenece a un selecto club de 140 productores que no venderían una hectárea ni por un millón de dólares.

Al preguntarle a la gente que sabe de vino es posible que cualquiera encuentre respuestas contradictorias y hasta con enemigos acérrimos de este vino que no debe confundirse con champaña, cava y otros extraordinarios espumantes.

La semejanza es solo aparente y las diferencias de precio no se explican únicamente por el sistema de producción (método Charmat), que es menos sofisticado y bastante más breve que el método champenoise, por poner un ejemplo. Un sommelier iría más allá y zamparía un erudito discurso valorando como se debe a este néctar… pero, para justificar el éxito, sospecho de la sabiduría de quienes han salido a conquistar el mundo, comenzando hace 56 años.

El Prosecco nace en una región que tiene a Treviso como centro, al norte de la bellísima Venecia.

Si se elabora en otro lugar que no sea Italia, quizás no sea una mala bebida… pero, no es Prosecco, pues este vino tiene la protección DOC, Denominación de Origen Controlada, donde se indica que solo puede proceder de las regiones de Friuli, Venecia Julia y Véneto. Necesariamente se lo debe elaborar con las uvas de la variedad Glera, anteriormente conocidas como uvas Prosecco.

En realidad, las uvas Glera crecen perfectamente en Argentina, Brasil, Australia y Rumania, donde también elaboran un vino… que no puede denominarse Prosecco, tal como ocurre con los espumantes elaborados con el más adecuado método champenoise pero lejos de la región de Champagne, en Francia.

Alguien podría suponer que con tan rigurosos controles, el Prosecco es igual de un productor al otro, de un año al otro. Pero no es así. Los mejores bebedores y los sommeliers profesionales distinguen y valoran las notas de avellana, miel y frutas tropicales que pueden provocar los mejores Prosecco, que naturalmente se sirven frescos, no tan fríos como una cerveza, pero algo más fríos que una champaña.

COMPAÑERO IDEAL DE MANJARES

La explosión en el consumo de Prosecco también podría explicarse con las nuevas tendencias de la gastronomía internacional, últimamente influenciada por los platillos japoneses y peruanos inspirados en productos del mar curados con cítricos, vinagre de arroz u otros aderezos capaces de marinar y aromatizar las proteínas.

El Prosecco tiene un maridaje ideal con estos manjares, así como con los fideos tailandeses, con el jamón crudo, los quesos tiernos y suaves, así como con ese tan sencillo como inimitable plato de melón envuelto en jamón, quizás ornamentado con cerezas. Fresco, saludable, satisfactorio.

Los expertos ponen a 1960 como el momento en que comenzó el camino de este vino hacia el estrellato. Hasta ese momento el Prosecco era dulzón, demasiado parecido al excelente espumante Asti producido en el Piamonte. Tenía historia, pero carecía de personalidad. Referente a la dulzura, hay que mirar la etiqueta, que puede expresar “brut”, “extra seco” y “seco”, siendo esta última clasificación, la que lo identifica como más almibarado, si cabe la expresión.

BELLINI Y SPRITZ

El coctel Bellini fue creado en 1948 en el Harry’s Bar en Venecia por el legendario maitre Giuseppe Cipriani. En su versión original contiene 2/3 de Prosecco y 1/3 de pulpa de melocotón preferentemente de carne roja. Dado su tono rosado, Cipriani lo bautizó Bellini, en homenaje al pintor renacentista que tanto prefería los tonos rosados. Entre los fanáticos de ese coctel se contaba Orson Welles.

Este coctel y el Spritz, también elaborado sobre la base de Prosecco, se venden mundialmente envasados en botellas, habitualmente con tapa corona… ¡qué horror! Pero esa sensación de rechazo no deja de ser un atavismo que los latinos tenemos con el vino. Los estadounidenses campeones mundiales de la practicidad sonríen y aumentan las ventas.  ¿Qué daño le hace una tapa corona a un buen vino que solo reclama hermetismo?

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