No solo los chinos tienen la culpa

El mundo está metido en un grave problema. ¿Qué pasó?

Franco Caputi

BEBERBIEN. El pánico al brote de coronavirus ha tenido un efecto decididamente deshumanizador, reavivando viejas cepas de racismo y xenofobia que enmarcan al pueblo chino como “incivilizado y bárbaro”. Ahora mismo, los chinos son acusados de traer consigo enfermedades peligrosas y contagiosas por su voraz apetito por los perros, gatos y otros animales, fuera de las normas de las dietas occidentales.

Las ideas racistas, que constituyen el punto de vista permanente de la forma en que los chinos son vistos por la mirada occidental, han vuelto a recibir oxígeno después de que los informes preliminares vincularan al coronavirus con un mercado de Wuhan. En este mercado, como otros tantos en China, se comercializan serpientes, ratas, ratones, monos y murciélagos, que son portadores frecuentes de los virus que causan enfermedades en los seres humanos.

Los tabloides sensacionalistas, como el Daily Mail, hicieron resurgir viejos videos de chinos comiendo murciélagos y ratones (el video de los murciélagos, por ejemplo, ni siquiera tuvo lugar en China, sino en el archipiélago de Palau en el Pacífico).

Muchísima gente exclama: “¡Esto no es un comportamiento humano!”. En internet, la búsqueda de palabras claves como “China”, “comer”, “virus” y “comida” es suficiente para sacar a relucir un sinfín de afirmaciones que sugieren que por lo que comen, los chinos “merecen” las enfermedades y la muerte que el coronavirus provoca.

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No hay nada nuevo debajo del Sol… hace miles de años que los chinos devoran lo mismo, desde arañas y gatos a cuervos y osos hormigueros.

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SIN CONFIRMACIÓN

Hay algunos hilos a desenredar: la suposición de que el Mercado de Mariscos de Huanan de Wuhan es la fuente del brote aún no ha sido confirmada. Según un estudio realizado por investigadores chinos de reconocida experiencia, los primeros casos conocidos de este virus –incluyendo el primero– no tenían conexión alguna con el mercado.

Sin más investigación científica y pruebas, es prematuro afirmar definitivamente que el virus saltó del murciélago al ser humano a través del consumo de carne en mercado.

El “Niño Cero” víctima del Ébola en África occidental se infectó por contacto con los excrementos de los murciélagos, no por comerlos, y el MERS (Síndrome Respiratorio de Medio Oriente) se propagó de los camellos vivos a los humanos por asociación, no por el consumo de carne de camello.

Mientras tanto, el todopoderoso Partido Comunista chino esconde mucho más de lo que informa al público. El Gobierno, por ejemplo, tardó demasiado en reportar el brote a los organismos de salud y los líderes de otros países. Y al final lo hizo porque el pánico se extendió desde los asustados dirigentes comunistas chinos hasta el resto del planeta.

Los muertos en China fueron tantos desde octubre a diciembre –nunca se conocerá el número exacto– que el régimen no tuvo otra salida que dar una “alerta sanitaria” a la OMS (Organización Mundial de Salud).

SE COME “DE TODO”

La idea hipócrita de que algunos animales están socialmente permitidos como alimento, mientras que otros no lo están, es una creencia de la propia hegemonía cultural. Las empresas cárnicas estadounidenses produjeron 13.000 millones de kilos de carne de vacuno en 2017, mientras que en India, el sacrificio y la venta de vacas están prohibidos.

El consumo de carne de caballo tiene un precedente histórico en Europa (incluida Francia) y Asia. Y en EEUU, también se comercializa. La caza silvestre –incluyendo ciervos, ardillas y cerdos salvajes– que termina en un plato es una tradición estadounidense, pero nadie levanta la voz.

En dominios del Tío Sam, donde los ciudadanos están acostumbrados a un modelo de compras que pone partes de animales envueltas en plástico y sin cabezas en estantes de tiendas de comestibles, hay un trasfondo de que lo que la gente en Asia come es “raro” e inquietante.

Cuando las prácticas alimentarias chinas se vinculan con los temores por la salud –como ocurre ahora–, casi todo el mundo deshumaniza a los chinos y trata sus vidas como menos dignas.

PERROS Y POLLOS

Algunas de las quejas sobre los hábitos alimentarios de China se refieren más bien a la crueldad de los métodos de matanza selectiva, como el aniquilamiento de los perros en festivales anuales de carne canina.

Si el objetivo es, con razón, el tratamiento ético y humano de los animales, entonces, por supuesto, esas prácticas deben ser eliminadas (hay muchos chinos que abogan por un mejor bienestar animal), pero también debe acabar el implacable modelo estadounidense de matanza animal. Los pobres pollos, por ejemplo, deben crecer a ritmo súper acelerado para después eliminarlos y enviarlos rápido a los supermercados.

Hay objeciones legítimas a la falta de higiene y de regulaciones en el sistema alimentario de China que permite la propagación de patógenos peligrosos. Pocos dudan que los estándares de seguridad alimentaria son malos, a pesar de las numerosas iniciativas del gobierno para mejorarlos.

Los escándalos son comunes, y la diarrea y la intoxicación son una experiencia angustiosamente regular. Los mercados, como el de Huanan, que no tienen licencia para las especies vivas, igual las venden. Los trabajadores no están entrenados en técnicas básicas de higiene, como el uso de guantes y el lavado de manos.

MENOS REGULACIONES

También EEUU está lejos de ser un parangón de reglamentos de seguridad alimentaria. El uso rutinario de antibióticos en la agricultura y ganadería ayuda a crear bacterias resistentes a los medicamentos contra las enfermedades transmitidas por los alimentos.

La retirada de alimentos en las tiendas estadounidenses se ha vuelto más común –el E. coli se encuentra en la lechuga prácticamente cada dos semanas– porque las regulaciones y los mecanismos de aplicación siempre están varios pasos atrás en la línea de producción.

Bajo la administración del presidente Donald Trump, las regulaciones se han vuelto aún más livianas: una nueva regla eliminó los límites de velocidad de las líneas de matanza (es decir, mayor es el aniquilamiento) y redujo el número de inspectores del Departamento de Agricultura en las plantas de carne de cerdo, pavo y pollo.

SENTIMIENTO ANTICHINO

El pueblo chino está pidiendo mejores normas y prácticas alimenticias. El gobierno ha vuelto a prohibir el comercio de vida silvestre y destacados científicos chinos piden que esa prohibición sea permanente.

Un brote viral como este sin duda requiere una acción, tanto inmediata como a largo plazo. Sin embargo, la retórica temerosa y cruel que sugiere que el pueblo chino merece este brote como una especie de venganza por las costumbres “bárbaras” es, en el fondo, un prejuicio flagrante.

Los memes racistas y el lenguaje antipático no son solo píxeles en una pantalla: el sentimiento anti-chino es un efecto muy real en varias zonas del mundo. Empresas occidentales han colocado carteles que prohíben la entrada a los clientes chinos; las familias chinas en el extranjero son blanco de ataques y se les pide que se pongan en cuarentena inmediata y casi permanente. Y algunos extremistas peligrosos bromean sobre bombardear toda la ciudad de Wuhan.

El brote de coronavirus, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró como emergencia sanitaria mundial, es alarmante. Un grado de aprehensión y precaución está perfectamente justificado. Pero es revelador que la simpatía –o cualquier consideración, para el caso– por la gran mayoría de las víctimas del brote en China es escasa. Como si devaluar las vidas de otros humanos protegiera la suya propia.

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Guía alcohólica para beber al estilo chino

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