Lo que compré y aprendí de la vieja cerveza

Hay gente que vive coleccionando historia, porque olvidar es difícil…

John Heiss-Fernández

BEBERBIEN. Mi suegro está muy interesado en el arte «Breweriana», el nombre especial para los artefactos relacionados con la historia de la cerveza. Desde hace 10 años, he adquirido piezas especiales para añadir a su colección en numerosas subastas. Y también aprendí bastante de este mundo cervecero.

En 2009, adquirí la primera pieza cervecera para mi suegro: un cartel de «Lone Star Beer» de 1940. Estaba tan contento con este hallazgo que me pidió (mejor dicho, rogó) que le siguiera encontrando piezas interesantes de la historia de la cerveza. Como soy un ejecutivo que viaja por todo EEUU, le respondí que no había problema alguno.

Encontré otra pieza muy vieja de Breweriana en la siguiente subasta de arte a la que asistí. Era otra señal o cartel, de la década de 1930 para «Ziegler Beer». Estaba en medio de la chatarra, en una subasta en Wisconsin. Hubo que restaurarlo con mucho cuidado.

800 DÓLARES…

Mi búsqueda de Breweriana me ha llevado a algunas subastas a las que normalmente nunca habría asistido y he conocido a gente que normalmente no conozco. Una vez, me metí en una guerra de ofertas por un cartel de «Jax Beer» de los años 30. El subastador o rematador me aseguró que era un pedazo de la historia de Nueva Orleans. Y me lo llevé por 800 dólares… muchísimo más de lo que pagué por los anteriores.

Poco después, apareció otro cartel de la década de 1930 para «Supreme Beer», ovalado, de porcelana y doble de caro. No dudé. Cuando llegó a sus manos, mi suegro saltó de contento, mientras repetía: «¿Dónde lo encontraste?».

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Los carteles de hojalata cervecera no aparecen con tanta frecuencia en las subastas. Me sentí afortunado cuando encontré uno de los años 30 para «Washington Beer».

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Normalmente me alejo del neón o de los carteles luminosos, más cercanos en el tiempo. No creo que encaje con el sentimiento de la colección de mi suegro. La sensación antigua es más agradable. El cartel de «Goetz Country Club Beer» que gané en una subasta en Indiana estaba un poco más astillado que las otras piezas que he recibido. Tenía la intención de quedarme con este cartel porque Goetz era el apellido de soltera de mi suegra, ya fallecida. Mi suegro está tan contento por el nombre, que se ha convertido en la pieza central de su colección.

También compré un cartel para «Velvet Beer» y otro para «Stratford Beer», de la década de 1930, más coloridos que los carteles de hojalata cervecera que adquirí. Una subasta en Rochester, Nueva York, resultó ser muy fructífera: conseguí un cartel de vidrio pintado de «Standard Dry Ale», un letrero que había estado colgado en un bar por varias décadas, hasta que cerró en 1960.

La pieza más reciente de Breweriana que compré en una subasta fue un letrero original de «Miller High Life Brew» de la época de la prohibición o ley seca. El letrero rojo y negro se ve muy bien en una pared de la casa de mi suegro, con los otros carteles de la colección. También hallé cientos de fotografías, como la que encabeza este artículo, que se venden por unos pocos dólares. Lamentablemente los retratados son personas sin nombre, que alguna vez fueron buenos amantes… de la cerveza.

RUMBO A OREGÓN…

Entre subasta y subasta, también recorro decenas de cervecerías, de costa a costa de EEUU. Y hoy conozco mucho sobre cerveza. Todo el mundo sabe que si buscas lo mejor en café, vas a Seattle, y para el vino, vas a California. Cuando se trata de lo mejor de lo mejor de la cerveza, hay que viajar a Portland, en Oregón, donde abundan los bares de calidad.

El «Williamette River», en el oeste de Oregón, ha sido el centro de cultivo de lúpulo y elaboración de cerveza desde la época de los pioneros, hace como 300 años. Antes de la revolución americana, los lúpulos ya estaban allí, junto con el agua del manantial y el grano para la bebida.

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En los bares de Portland, la cerveza también sirve para aderezar ensaladas, condimentar marinadas, e incluso ayuda a endulzar los postres.

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Muchas cervecerías de Oregón ofrecen una increíble degustación de cervezas artesanales, todas con un toque de magia (según mi paladar). Marcas de cervezas que nunca he conseguido en otros sitios, como en Nueva York, Chicago o Miami.

Los maestros cerveceros, que no guardan secretos, me enseñaron varias cosas, entre ellas:

Para sentir el sabor de una cerveza, es fundamental un vaso limpio.

En los bares de Portland, las copas son siempre lavadas a mano y secadas por varios minutos para asegurar que no haya una mancha de grasa en el vaso o burbujas con aspecto de jabón.

Los cerveceros de Portland tienen razón.

La cerveza refrigerada es demasiado fría para apreciar el sabor. La cerveza se sirve a temperaturas frescas, pero no muy fría. Los vasos fríos y helados se guardan para los martinis.

Ahora, cada vez que regreso a Oregón, nunca dejo de visitar una de las cientos de cervecerías que hay por aquí. No hay carteles viejos para mi suegro, pero sí una sensación de placer.

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¿Qué pesa más, la tradición o la innovación?

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T W I T T E R

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